Irremediablemente contaminados como estamos por la cinefilia y la saturación icónica de nuestra época, no es extraño que afrontemos y decodifiquemos todo acontecimiento histórico transmitido y narrado por los medios de comunicación con las categorías propias de todo relato. En los fastos de la investidura de Obama como presidente de los EE.UU., de por sí connotada y acompañada por una corriente emocional y un pathos de raigambre claramente capriana, llamó la atención el papel reservado en la misma al vicepresidente de la Administración saliente, Richard Cheney, verdadero cerebro y hombre fuerte de la camarilla neocon que llevó las riendas de la superpotencia durante dos legislaturas.
Obligado a servirse de una silla de ruedas para sus desplazamientos, Cheney jugó un evidente y marcado papel de villano perdedor en la función global del Inauguration Day, convertido en auténtica dúplica aftermedia de aquel inolvidable Míster Potter que encarnara Lionel Barrymore.
Ya decía Hitchcock que la calidad de un film dependía en proporción directa de la altura de su malvado, norma que en el evento multimedia de la toma de posesión de Obama se cumplió ajustadamente.
De la conmovedora liturgia y auténtica emoción histórica que rodeó el Inauguration Day o toma de posesión de Barack Obama como 44º presidente de los EE.UU, rica en escenas de alta densidad simbólica y fuerte
carga sentimental, especialmente para la minoría negra, es difícl destacar algún elemento de unos actos puntual y minuciosamente reflejados por los medios de comunicación en directo, ya sea en televisión u online.
A nivel técnico, resultaron curiosos y sugerentes algunos experimentos realizados gracias a la asociación entre CNN y Facebook, lo cual permitió aunar el seguimiento online de la ceremonia con la exponencial proliferación de comentarios propia de la red social. Tampoco fueron desdeñables las aportaciones de Google Earth y Goole Eye, quienes, apoyándose en sus posibilidades cartográficas a escala global, ofrecieron asombrosas istantáneas cenitales de la muchedumbre agolpada en el Lincoln Center y alrededores.
Más allá del sacro momento de la unción bajo juramento ante la Biblia o del vibrante pero austero y responsable discurso del recién electo presidente, destacó con luz propia el momento de la apertura del llamado Neighborhood Ball, el baile de inauguración de la estancia del matrimonio Obama en la Casa Blanca, cristalización del espíritu y sentido de toda la jornada.
Enmarcados/coronados por un círculo cenital de luz cuyo haz dota a la escena de un hálito mágico-religioso que la emparenta con la Anunciación (la buena Nueva) al reflejarse en el pulido suelo de la sala, catalizadores de la máxima atención mediática (la cima del mundo) momentos antes de comenzar a bailar a ritmo de la voz de Beyoncé en una escena que recuerda los bailes de apertura de banquete nupcial (la del presidente con todos los ciudadanos), los Obama parecen alcanzar, en unión, un momento extático, mágico, verdadero signo de su coronación global como primera pareja, como sumos mediums en los que el Poder se acaba de encarnar.
El canon estético fijado hace casi 50 años por Marilyn Monroe en Hollywood sigue resultando operativo en el hipersaturado ecosistema icónico de la sociedad aftermedia, como podemos comprobar en el reciclaje reapropiador del que se vale la campaña publicitaria para la nueva línea de cosmética de la firmaDolce & Gabanna, protagonizada por la actriz Scarlett Johansson, clara re-encarnación de la línea marilyn en el cine norteamericano actual.
La rotundidad carnal, su enfatizada y cálida candidez, el contraste entre el percutiente lipstick rouge y la lechosa y nívea piel y el artificioso rubio tenido del pelo propios de Norma Jean siguen demostrando su prestancia carismática, su valor de uso iconológico, aunque tamizados y centrifugados por la sobreposición de posteriores variaciones sobre el mismo tema, especialmente aquella versión sexualizada y algo trash, con externalización de la ropa interior incluida cortesía de Gaultier, que fuera una de las mutantes reformulaciones de la ambición rubia.
Nacida como plataforma democratizadora del acceso a la producción audiovisual, cauce y flujo de la inversión de vertical a horizontal y capilar del tráfico cinematográfico en la red, Youtube va evolucionando, a pasos agigantados, hacia la institucionalización y la sectorialización, paralelamente a su asimilación de los códigos propios de la socialización online en boga.
Así pues, cada vez es más frecuente el usufructo de dicha web por parte de productoras cinematográficas o televisivas, entidades, instituciones, etc… para el lanzamiento y difusión de productos y mensajes mediáticos diversos.
Una de las últimas instituciones en sumarse a esta tendencia ha sido la Iglesia católica, quien acaba de anunciar la apertura de un canal propio en Youtube donde difundirá noticias referidas a la actividad del Papa Benedicto XVI, así como sus intervenciones públicas, alocuciones o mensajes de diversa índole.
Pese a su dilatado y profuso bagaje iconodúlico y su demostrada querencia por el empleo de una acrisolada iconografía e imaginería artística a lo largo de siglos, parecía la Iglesia católica remisa a esta inmersión tecnofílica obligada por los tiempos, especialmente si comparamos su comportamiento con el de otras confesiones religiosas anglosajonas duchas en la utilización del poder masivo del medio televisivo (estoy pensando en los evangelistas, en sus múltiples formulaciones eclesiales), considerándola, seguramente, como una banalización y frivolización del dogma, como una rendición desconstituyente ante los requerimientos coyunturales de una sociedad cuya hipertecnificación e inflación mediática discurre pareja a su galopante secularización, a la pérdida de cotización social de toda idea de trascendencia metafísica.
Hoy el poder político busca la emocionalidad, la comunión sinérgica con la gente, alcanzando para ello, incluso, la unión de contrarios: la puesta en escena de una sentimentalidad anti-sistema pese al desempeño de una (obvia) posición de dominio, consustancial a la detentación del Poder. Asimismo, mientras antes el actor político debía someterse a la mediación periodística institucionalizada (medios y formatos), ahora se erije en autor-narrador de su propio relato audiovisual, difundiéndolo por los multidireccionales canales que ofrece internet, ya sean webs, blogs o redes sociales.
En un reciente video realizado por el Bloque Nacionalista Galego (BNG) con motivo de la pre-campaña electoral gallega, su candidato (y vicepresidente la pasada legislatura de la Xunta de Galicia, en coalición con el PSOE de Pérez Touriño) Anxo Quintana se nos muestra como un moderno Espartaco, en una escena-sketch que samplea/parodia/homenajea la famosa del film rodado por Kubrick en 1961, apropiándose de ella con finalidad publicitaria.
Pese a detentar las más altas cotas de poder ejecutivo en su Comunidad Autónoma, el líder independentista se reviste de los ropajes antimperialistas y ruralistas del famoso esclavo, capitalizando el espíritu justiciero y el halo redentorista y revolucionario del mismo, quedando, sin embargo, más cercano del garrulismo celta de un Axtérix, y personalizando victimistamente todos los males de su pueblo en ese Estado español encarnado por un centurión romano, pese a ser el mismo parte de dicho Estado, fuente legitimadora del cargo que ejerce en la Xunta.
De la misma manera, el pathos comunitarista, gregarista a lo Fuenteovejuna, que rezuma la escena del film sirve aquí para vehicular la deseada fusión identitarista del espíritu del Pueblo, unitario y cristalizado, con los avatares de su líder carismático, héroe que corporeiza los deseos y anhelos de toda la comunidad étnica, así como para ejemplificar la mutua disolución de responsabilidad entre el Pueblo y su Jefe natural. Todo ello, además, referenciado a un arcádico estadio previo a la uniformización igualitarista de la Modernidad, (re)construido paraíso perdido que todo buen nacionalista siempre anhela reedificar pese a que solamente existió en el territorio de su imaginación.
La postpolítica actual vive inmersa en el personalismo, en una egotización galopante que convierte a sus hiperprofesionalizados actores en personajes en constante competencia por la visibilidad frente a los demás seres del ecosistema mediasférico. Ante la creciente indeferenciación e hibridación de las ofertas políticas, ante la decreciente importancia de las grandes categorías histórico-ideológicas, la política se disputa en el terreno de la imagen, en el teatro de la seducción mercadotécnica y visual, a través los medios, principalmente de la televisión y la red. No contento con los datos que ofrece su adscripción partidaria o su taxonomización ideológica, el consumidor-elector quiere saber más datos de la intimidad del político, aquello que constituye su privacidad y construye su personalidad: aficiones, inquietudes, gustos, comportamientos, relaciones, etc… Un territorio habitualmente en sombra que, paralelamente a la expansión de la tendencia actual hacia la hipervisibilidad postmediática (en sintonía con la exacerbación escópica del espectador), va siendo crecientemente colonizado por la mirada escrutadora del sistema mediático.
Si bien la exposición pública a través de los medios del animal político había quedado habitualmente constreñida y circunscrita a la mediación de los formatos concebidos a tal efecto (informativos, debates, entrevistas, ruedas de prensa, comunicados públicos, etc…) la creciente tendencia a la hibridación y a la contaminación mimética entre los diversos géneros periodísticos va consiguiendo, poco a poco, junto a la referida privatización y personalización de la vida política, el sometimiento del político a códigos ajenos, como aquellos propios de la información rosa, el magazine o la fotografía de moda.
Las fotografías de la joven portavoz parlamentaria del PP, Soraya Saénz de Santamaría, suculenta guarnición de una extensa e intimista entrevista en las páginas del suplemento dominical del periódico El Mundo, suponen la aplicación de códigos y estilos propios de frívolos posados en revistas femeninas y de moda (sin llegar a los de las masculinas y eróticas, de momento). En la quietud transitoria y libre de una habitación de hotel, territorio mítico de la ensoñación adúltera o de la libertad desterritorializada del viajero, Soraya posa sugerente y lángida en una ligera combinación negra que deja desnudas sus piernas, mirando desafiante y seductora a la cámara, convertida en (evidente pero pretendidamente efectiva) sinécdoque humana del aligeramiento juvenil, del aggiornamiento filocentrista propiciado y comandado por Rajoy tras el último fracaso electoral de su partido.
Siglos de guerras y querellas filosóficas en torno a la existencia de Dios hipercondensadas en un slogan publicitario, en un escueto claim, inserto en el espacio publicitario de un autobús urbano. La prolijidad expositiva, la densidad logicista, la temática hard dejan paso ahora a la concisión simplificadora, al lacónico reclamo proselitista, a la levedad pro-identificativa. Pero ni siquiera de un formato tan soft se está del todo seguro, hay que inocularle el virus de la duda, de la sospecha: maybe, probablemente. Cualquier afirmación totalizadora, cualquier atisbo de solidez y veridicción debe inmediatamente contrarrestarse con la posibilidad de lo contrario, con la hegemonía de la equidistancia entre extremos y el principio de contradicción. Incluso lo Absoluto debe ser matizado, socavado, licuado, puesto en entredicho.
El ateo busca así una visibilidad pública para su dogma, pero incapaz siguiera de afirmarlo con rotundidad, sucumbe irremediablemente ante la tradición iconográfica y el poder simbólico de la religión, especialmente en un país como España. La pobreza de la traslación visual del mensaje, propia de la aicónica mentalidad protestante de donde proviene, se ve obligada a hacerse acompañar del fácilmente asumible llamamiento al goce hedonista y desprejuiciado, de fácil conexión popular y clara inmenrsión en el zeitgeist del momento.
Asimismo, la lógica expansiva del hiperconsumo, la turbo-colonización publicitaria omnipresente sigue avanzando, asimilando y formateando bajo su lógica aquellos no-lugares lábiles, fluidos, inestables donde el hombre actual pasa gran parte de su postemporalidad, de su existencia y transitorialidad after y/o inter, convirtiendo su devenir, su deambular cotidiano en un continuo comercializado non-stop.